El lector y los castillos

A veces los libros se disfrazan. Dan la impresión de ser algo… y solo al acabar la lectura uno se da cuenta de que, en realidad, lo han estado engañando: con el punto y final se abre una nueva dimensión a su contenido, una nueva interpretación al texto que obliga al (sano) ejercicio de reiniciar lo leído. Es en esos casos cuando hay que cerrar el libro, tomarse unos minutos de reflexión y volver a abrir la página 1. No digo que sea necesario leerlo completo de nuevo, comas y acentos incluidos, pero sí hacer una lectura rápida en diagonal que muestre esas pistas que el autor ha ido dejando a lo largo de la obra, de las que el lector debería haber desconfiado, esas que revelaban que no era lo que parecía ser y que, sin embargo, han sido ignoradas o menospreciadas.

Esto mismo me ha sucedido con I Capture the Castle de Dodie Smith (edición decover Penguin en la serie ‘The Originals’, de bonita portada y colores). Mal traducido al español como Soñando el castillo, probablemente el título diga poco al lector hispánico medio; y si algo llama la atención de la escritora es que todos conocemos al menos una de sus obras, sin nunca haber visto su nombre escrito al lado, pues es la creadora del cuento que inspiró la célebre versión Disney de 101 dálmatas (y como todo lo Disney, parecer haber sido una historia hecha por el cadáver congelado de Walt, en lugar de una simple adaptación de su productora). No puede sorprender entonces que la narradora estuviera especializada en literatura infantil y juvenil (dije en alguna ocasión que ya me metería en los berenjenales de hablar de las etiquetas ‘infantil’ y ‘juvenil’, pero sigo posponiéndolo). Tampoco sorprende que I Capture the Castle sea considerada una novela para adolescentes (de ahí la portada y los colores).

En este sentido, estaríamos delante de un libro que podría encontrar hermanos en otros tal vez más conocidos por estos lares como Demian o Bonjour Tristesse. De hecho, me recordaba mucho a este último por la protagonista y por el hilo narrativo que yo creía principal en la novela: una chica joven, descubriendo el Amor, el primer beso, los primeros errores sentimentales, la primera rotura del corazón. Cassandra Mortmain es la niña-mujer, descrita como «consciously naive», conscientemente inocente, que decide narrar un fragmento de su excéntrica vida a guisa de diario personal con el fin de practicar la escritura rápida, casi como ejercicio escolar. Solo con estas pinceladas es lógico que yo recordara los ecos de la vieja lectura de Françoise Sagan. Que, además, me viniera a la mente Demian, con el trasfondo filosófico de Hesse, tampoco es de extrañar, pues si bien I Capture the Castle es más divertida que todas ellas, permean la novela interesantes reflexiones de la protagonista sobre las primeras experiencias vitales. Remito, por ejemplo, a los diálogos de Cassandra con el vicario del pueblo sobre la religión y la fe, que hacen a uno replantearse estas cuestiones incluso si cree tenerlas bien claras.

Hasta aquí todo lo esperable. La novela avanzaba a buen ritmo, mi atención estaba bien enganchada a las peripecias de la familia Mortmain en un viejo castillo medieval en plena década de 1930, viéndolos debatirse en la más absoluta miseria, pero llevada con una gracia y gallardía que daba que envidiar: un padre escritor de gran fama, en pleno bloqueo y por ello incapaz de mantener económicamente a la familia; una madrastra, modelo de pintores, nudista, naturista, espiritualista, práctica, histriónica; una hermana mayor bellísima (y punto); un hermano menor en la escuela; el hijo huérfano de una antigua criada; un gato; un perro… La escena del abrigo de piel de oso, confundido con un oso vivo, es, sin duda, maravillosa.

En ese ambiente, la súbita llegada de dos hermanos americanos -los Cotton, nuevos dueños del castillo y residentes en la casa señorial vecina- resulta el toque delirante que, evidentemente, desencadenará la acción. Y, cómo no, oliendo a Austen (a la que se cita en numerosas ocasiones, también a Brönte), los hermanos saldrán de su primera visita enamorados de los Mortmain… y de la segunda, asustados. Y su susto quedará para la posteridad cuando Cassandra, a escondidas, los escuche conversar sobre ellos, de forma no demasiado halagüeña. Un guiño a Orgullo y prejuicio como la copa de un pino.

La novela, pues, parecía esto: una simple historia de primeros amores, con algún punto introspectivo de interés y poco más. Hasta que, llegando al cierre, encaré el capítulo quince y, de pronto, el foco cambió: toma protagonismo James Mortmain, el padre, el escritor, el autor bloqueado desde hace años, creador de un poemario, Jacob Wrestling (Jacobo luchando o La lucha de Jacobo), que, al parecer, había sido rompedor e innovador para las letras anglosajonas y había permitido a muchos autores superar los moldes decimonónicos, pero que no conseguía tener sucesor. Viendo el título no puedo evitar pensar en Milton y su Paraíso Perdido (por ahí se apunta que es la lucha de un ángel…). Pero, ¿cabe ver en este Mortmain tal vez a un T. S. Eliot con su The Wasted Land (aunque yo crea insuperables Los cuatro cuartetos, sé que la crítica prefiere La tierra baldía)? En cualquier caso, Mortmain llevaba años sin salir de su bloqueo y es entonces cuando interviene Cassandra con su hermano Thomas y, en un giro esperpéntico, acaban ayudándolo a crear un nuevo poemario. Cobra protagonismo, pues, no solo el autor, sino el propio proceso creativo. Y aquí es donde aparece la carga subversiva de la novela, inesperada, sorpresiva, que torpedea al lector, hasta ese momento despistado. O, mejor decir, engañado.

Dodie Smith se embarca en la fase final de la novela en una serie de cuestiones de gran profundidad, todas ellas relacionadas con la escritura y que casi podrían decirse que son una teorización filológica de la autora sobre el arte y la poesía. Sobre la Literatura en mayúscula. Se introducen elementos de gran interés relacionados con el acto creativo: la violencia, la pérdida de libertad, el inconsciente, la locura, la memoria, el aislamiento, la incomunicación, la agresividad, el psicoanálisis. Smith no se detiene en ellos, simplemente los menciona. Pero queda la duda: para crear, ¿hace falta la misantropía? ¿Hace falta sacar el yo oculto, impulsivo, colérico, animal? ¿Ser un loco? ¿Experimentar la pérdida? ¿Sentirse forzado? Da pie a interesantes reflexiones, que se complementan con la única cuestión en la que sí le interesa a Smith profundizar: el hecho de si la Literatura ha de ser o no comprensible; y, si no lo es, ¿por qué no?

Y es entonces cuando el lector se da cuenta de que ha sido burlado a lo largo de toda la novela. Cuando Cassandra una y otra vez repite en su ‘diario’ que le gustaría ser mejor escritora para poder reflejar con sus palabras la belleza de un instante, de una emoción, el lector lo toma como una de esas afirmaciones vacías de significado, naífs, de una adolescente que escribe sus primeros textos, pero sabe reconocer que, a pesar del esfuerzo, no son buenos (¡¿quién no ha sentido lo mismo?!). Pero, no: son el camino que nos permite entender -y aceptar- por qué un autor escogería el enigma, la oscuridad para expresarse, el trobar clus de Raimbaut d’Aurenga. Cassandra no es una niña inocente: es «consciously naive». Que es como decir que tiene poco de inocente. No es capaz de expresar con palabras la Belleza del instante o del sentimiento porque las palabras no pueden hacerlo. No, al menos, las palabras en su significado literal, recto: se necesita la metáfora, el símbolo, que es lo que hace al texto oscuro. Sin embargo, es el único lenguaje que puede representar de verdad la realidad. Es la lección que pretenden enseñar en la carrera de Filología, pero en esta ocasión servido con una píldora tan dorada que nos coge desprevenidos y, al mismo tiempo, nos va preparando para engullirla alegremente llegados al final.

A veces los libros nos engañan, porque se disfrazan de lo que no son. Y cuando se descubre el rostro real que se esconde bajo el antifaz produce un cosquilleo de placer que induce a volver a empezar el juego, pero esta vez buscando las marcas que permiten intuir lo que está escondido. I Capture the Castle es una novela juvenil, dicen. Tal vez sería ya momento de replantear qué significa esta etiqueta a la luz de lo poco ‘juvenil’ y lo muy universal que es la lección final.

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Una lección carnal

Son contadas las ocasiones en que un filólogo lector (no todos lo son, aunque parezca absurdo) se enfrenta a un libro o a un autor a ciegas. Nunca diré en blanco, porque, por escasamente formado que esté en la materia, es difícil que un licenciado en Filología carezca de al menos una idea general de la literatura a la que se enfrenta… o de un prejuicio nacido de las lecturas de otros. Por eso, si se da, la experiencia resulta entomológicamente interesante.

la-escuela-de-la-carneEs la que he tenido al enfrentarme a Mishima con La escuela de la carne, edición de bolsillo de Alianza, traducción -que parece directa- de Carlos Rubio. Autor japonés. Novela oriental. Literatura contemporánea. Mi desconocimiento resulta prácticamente absoluto. Quito el ‘prácticamente’: es absoluto. Creo que en alguna otra ocasión he comentado qué poco conozco la literatura asiática. Empecé a ponerle solución con un clásico, Ishiguro, si bien no fue gran acierto. Yukio Mishima es mi segundo intento. (Esta resistencia a Murakami acabará pasándome factura: parece que todos lo han leído y me canso solo de pensar que debería irme a él, como el resto. Llámenlo rebeldía adolescente tardía).

La única pista que tenía antes de empezar a leer la novela era la breve reseña de la contraportada. Pero, como suele suceder, el resumen daba pie a falsos amigos. Juzguen, si no: «Taeko Asano es una mujer independiente, divorciada, con un buen nivel de vida. Cansada de jóvenes inmaduros y de nuevos ricos banales, seduce a Senkitchi, un camarero de una discoteca gay de escandalosa reputación. Senkitchi es joven y atractivo, de mirada angelical, pero también de ambiciones perversas, y la aventura arrastrará a Taeko más allá de lo que espera».

La palabra ‘perversa’, sumado al título con alusión explícita a ‘la carne’, más esa cubierta de un cenicero lleno de colillas manchadas de carmín (Alianza nunca seduce con tales ilustraciones), me hizo esperar una versión oriental de Las edades de Lulú, con toques visuales de El imperio de los sentidos. ¡Qué le voy a hacer! ¡Mente sucia!

Tal vez era inevitable que pensara mal. Uno de los datos que me faltaba (por negligencia, pues debería haber revisado la portada) era que la novela fue escrita en 1963, previamente a la revolución sexual. Y otro fue mi propio error cultural: otorgar un significado moral católico a la ‘carne’ del título. Con toda probabilidad la obra fue muy provocadora -si no sórdida- en el momento de la publicación: alusiones a los bajos fondos tokiotas, bares de homosexuales y travestis, un barman gigoló sin preferencias sexuales que no sean económicas… Pero criarse en Ibiza en la posposmodernidad cura este tipo de provocaciones; y, si analizo su libro desde esta perspectiva, Mishima acaba reducido a aguachirri.

Por eso, al finalizar la lectura no me quedo con la interpretación religiosa de ‘carne’, sino con la metafísica: no con la que tiene que ver con la moral sexual, sino con la simbólica. Carne entendida como lo opuesto a sentimiento. Si se me permite el pleonasmo, la carne como físico. Carne como apariencia.

La novela es una narración de apariencias continuas. Hasta ahí nada sorprendente en el prejuicio (que sigo teniendo) de un autor asiático. Ishiguro ya daba buena cuenta de lo importante que era mantener la imagen externa con su butler anglofílico. Mishima tal vez me ha sorprendido por el extremo al que lleva el juego de apariencias. Sus personajes están en un continuo laberinto de espejos, contra el que se rebelan. Si bien, en realidad, no salen de él. Quieren -dicen querer- salir, pero no lo hacen. O sea, no quieren.

Sus protagonistas son tres mujeres oriundas de Tokio, del Tokio de rancio abolengo, divorciadas tras matrimonios ‘perversos’, que se sueltan la melena una vez al mes en una comida durante la cual quieren sentirse libres de toda falsa apariencia dando la -falsa- apariencia de libertad. En realidad, al final están igual de atrapadas, solo que ya no por la rígida moral japonesa de posguerra, sino por su propia visión de lo que deberían ser mujeres libres/liberadas. Así que siguen cumpliendo con sus actos de sociedad, participando en las fiestas organizadas por diplomáticos, modistos, aristócratas, directores o productores, en las que respetan el protocolo a rajatabla; y luego afirman aburrirse soberanamente en ellas, razón por la que se rodean, para compensar, de los bajos fondos, de travestis, de gigolós y de vividores de toda calaña. En este estilo de vida no están solas. Los demás conocen y comparten ese aburrimiento y, como ellas, mantienen una doble vida. De ahí que unos y otros sepan de la existencia de las dos caras para la misma moneda, pero hagan como si no tuviera lugar la otra. Es el juego de espejos de las apariencias del que hablaba antes.

De las tres, solo conocemos la perspectiva de Taeko Asano, la que se reconoce como la más hipócrita sabiendo que su profesión de diseñadora de alta costura para las tokiotas de recursos consiste en halagar la vanidad de sus clientas. Las apariencias lo son todo para ella. Por eso, cuando se enamora perdidamente de Senkitchi, un jovencísimo camarero del bar gay Jacinto, que se prostituye al mejor postor, se da cuenta de que hay un límite a su amor. Límite temporal y también social. Puede compartirlo con Teruko, el compañero travesti de su amado; con sus dos amigas divorciadas; o con sus otros amantes. Pero en público, cuando lo presenta, será su sobrino y ella su tía benefactora. Todos sabrán en realidad qué es él, pero la apariencia predominará por encima de las especulaciones. Porque si declarara la verdad, en pocas horas caería en desgracia y sus conocidas dirían: “Sí, hasta ahora éramos sus amigas, pero ya está bien: no podemos llegar tan lejos por culpa de ella. ¿Qué clase de mujeres pensaría la gente que somos nosotras?” (pág. 89).

En verdad, ¿qué clase de mujer es Taeko, que es quien se enamora? Una que se empecina en sacar de los bajos fondos a su recién adquirido amante para convertirlo en universitario, redimiéndolo por el camino. Una que, sin saberlo, lisonjea, por ser clienta, a la que es la madre de la jovencita que se lo quitará. Una que contempla la posibilidad del suicidio doble… y del asesinato del amado idealizado. Al final, Taeko es una mujer que acabará destruyendo las fotos que le permitirían la venganza a su corazón roto, al tiempo que obliga a que un deshecho Senkitchi las mire detenidamente antes de quemarlas: mire su propio rostro perdido en el orgasmo con uno cualquiera de sus clientes del Jacinto. Y a que le dé un beso en la mejilla como despedida… con la puerta del piso abierta.

No le he tenido particular cariño a esta protagonista hasta el final, todo sea dicho. El constante ir y venir en las apariencias, los paseos redundantes por la calle de la hipocresía, me han resultado cansinos. «No era menos cierto que la imagen de la vulgaridad asociada al bien representaba para Taeko una idea del todo inconcebible. Cuando la persona era vulgar, se convertía también en alguien no bueno […] Por otro lado, las personas buenas estaban obligadas a mostrarse elegantes» (págs. 196-197). Su visión clásica, encorsetada, del mundo ha sido difícil de digerir.

En ocasiones, sus actos y palabras han sido incomprensibles. No entendí, por ejemplo, el shock que sufrió cuando Senkitchi se presentó a la primera cita vistiendo unos viejos vaqueros desgastados con los geta tradicionales, esas sandalias de madera que todos hemos visto en alguna película japonesa. Y, por tanto, tampoco compartí su alegría sensual cuando lo vio llegar a la siguiente cita enfundado en un impecable traje de corte occidental. Solo capté que era parte del juego de apariencias: del juego de la carne.

Si bien a veces las claves culturales se me escapaban, sí empaticé con los denodados esfuerzos de Taeko por no verse como lo que era: una mujer madura, divorciada, sola y solitaria, workaholic, enamorada de un pipiolo que la atrae principalmente por su frialdad constante, al que mantiene y quiere reformar, a pesar de saber que están destinados al fracaso, y ante el que planta constantes trampas emocionales por no dejarle ver la profundidad de su dependencia. El desierto que sentía Taeko antes de enamorarse puede llegar a dar pavor («se trataba de un desierto ilimitado que, al acercarse a él, de repente dejaba un gusto de arena en la lengua, entre los dientes», pág. 28). Su lucha contra el desierto es loable. Y por eso comprendo que al final venza a las dunas. Pero no lo hace a través del amor, sino gracias a la ‘escuela de la carne’, a la escuela de la apariencia.

En realidad, Senkitchi era el desierto: el desierto seco de la autoimpuesta falta de sentimiento, de pasión. Su carne -su aspecto, esto es, su apariencia-, será la que le enseñará a Taeko que ha de ir más allá, pues cuando se quedó en ella, en el mero físico, su corazón se rompió. Nada sexual en la moraleja, Mishima no pretendía describir una Lulú. Pero sí hay una lección moral: la carne es corrompible. De hecho, es corrupta. Taeko se gradúa con honores en la escuela de la carne y, aunque no lo diga, probablemente gracias a ello el desierto no vuelva a hacer acto de presencia en su vida.

Lección para Taeko y lección para mí. Es mejor confiar en la sinceridad de la lágrima que escapa involuntaria por la mejilla rugosa y abultada de un travesti con pestañas postizas que en las apariencias, procedan de un rostro angelical masculino (como el de Senkitchi) o de un título / cubierta / contracubierta engañoso (esta vez, el de Alianza).

La heroína (con hache)

Sin palabras. Así me he quedado al ponerle punto y final a Amor se escribe sin hache, de Enrique Jardiel Poncela. La edición que conseguí es barata y forma parte de una colección de clásicos del siglo XX, publicada en algún momento por el diario El Mundo. ¡Benditos mercadillos de libros, que están plagados de estos ejemplares! Así llegué a esta novela que no estaba en mi estanterías de prêt-à-lire y que me tiene hoy boquiabierta.

P0274_150410En realidad, he estado sin palabras desde que, en el primer capítulo, empecé a hacerme una idea de cómo iba a ser la heroína de la novela, lady Silvia Brums, posteriormente, de Arencibia. Huérfana de madre a temprana edad y con un padre «reumático e inmóvil en un butacón» por causas ridículas varias, Silvia viaja a través de su adolescencia adquiriendo «el carácter disoluto de las cortesanas» (pág. 46). El autor lo confirma presentándonos cantidad ingentísima de amantes, que cambia cual calcetín: a diario.

El problema no estriba en  la protagonista, sino en la visión que tiene el narrador de la protagonista. Que no es exactamente lo mismo. Porque si lady Silvia, además de mantener al marido, opta por entretenerse (sea a diario, semanal o secularmente) con decenas de amantes, ¡feliz pasatiempo! Sin embargo, no es así como lo siente Poncela, que ve en ello un agravio terrible para el género masculino, sean sus maridos o sus amantes. Sobre todo, cuando el otro protagonista, Elías Pérez Seltz, alias Zambombo, se enamora con obsesión de ella y, sin embargo, no logra ser adecuadamente correspondido.

Debería haberme puesto sobre aviso el prefacio escrito por el autor bajo el título de “8.986 palabras a manera de prólogo”. En él, Poncela lleva a cabo uno de los mejores autoretratos de la historia de la literatura, justificado con perlas tan maravillosas como «las mujeres, cuando se fijan en el trabajo de un escritor, se apresuran a imaginárselo a su gusto. Después, cuando conocen personalmente al escritor, vienen las desilusiones. Para evitar esto en mi caso, es para lo que estampo el retrato físico»; y remata la prosopografía afirmando: «Soy feo singularmente feo, feo elevado al cubo» (pág. 22). Las lectoras, pues, no tienen posibilidades de hacerse ideas erróneas…

Zambombo (¿Poncela?), misógino.

Es en ese prólogo cuando sentencia, por lo que respecta a las mujeres, que tiene «ideas que no se parecen en nada a las prístinas». Creí yo que con ‘prístino’ se refería a que tenía pensamientos impuros sobre las mujeres. Y queda claro que los tiene. Pero no se limita a eso: si piensa mal es porque no son prístinas las propias mujeres. «Hace años se me antojaba una monstruosidad el que la Iglesia hubiera vivido siglos enteros sin reconocer la existencia del alma femenina. En la actualidad, opino que la Iglesia tenía razón y que reconoció la existencia del alma en la mujer demasiado pronto” (pág. 31). A partir de ese momento, las lindezas dirigidas a nosotras son constantes. No se detendrán en ningún momento del libro y llegarán al culmen cuando Zambombo, con el corazón roto, se convierte en un misógino misántropo, rayando la misología.

La pregunta que me planteo, ahora que le he puesto punto y final a la lectura, es por qué aguanté 316 páginas de afirmaciones como: «Las mujeres se creen todo lo que halaga su vanidad» (pág. 202); o comparaciones denigratorias del tipo: «ese valor enorme que tienen las mujeres y algunos sellos de Correos» (pág. 193). Y la respuesta no es sencilla. No es que no sintiera los insultos como algo personal, dado que Poncela no se limita a dirigirlos a Silvia, sino a mi sexo en general. De hecho, me he re(-)sentido lo suficiente como para que su nombre haya caído en picado en la lista de mis autores y me pensaré muy mucho si quiero volver a proponerlo como lectura de instituto a mis alumnos. Puede que en sus otras obras, como en la dramática Cuatro corazones con freno y marcha atrás, el insulto sea mucho más sutil, tanto que casi pasa desapercibido; pero ahora me doy cuenta de que está ahí, si hubiera querido leerlo o podido comprenderlo. Pensemos que Cuatro corazones y Eloísa está debajo de un almendro son clásicos en la Educación Secundaria…

La ironía destructora.

Con todo, algo que ha salvado al autor de la quema inmediata -y, por tanto, también la lectura de Amor se escribe sin hache– es la eterna ironía de sus palabras. Claro que el ataque es constante e indiscriminado; pero es un ataque sarcástico que no deja títere con cabeza, ni siquiera su propia cabeza. De manera que, si bien es cierto que se ceba con las mujeres, el mismo modo como se ceba es irónico. Autoirónico. Autosarcástico. Autoburlón. El lector no se lo puede tomar en serio. Es incapaz de hacerlo. El insulto está ahí, pero provoca la risa porque hasta quien insulta está siendo insultado al mismo tiempo.

Sobra decir que la novela, como el resto de la producción de Poncela, es humorística. Puede que haya mucho de verdad detrás de la trama ficticia, y que realmente el autor sea tan misógino como acabará siéndolo el propio Zambombo. Pero la pátina de eterna risa burlona impide que uno se pueda tomar a mal ninguna de las afirmaciones: se ríe de todas, especialmente si estas parecen haber sido hechas con un gramo de seriedad. Así que cuanto más se ceba con las mujeres, cuanto más exagerada es la herida que quiere infligir, menos ofendido se siente el lector (o lectora, en este caso).

Además, hay que reconocerle el mérito de habernos dibujado a contracorriente. No olvidemos que, como bien repite a lo largo de la novela, fue escrita en 1928, una época en la que los inicios modernos, centrados en las Vanguardias, alternaban con el conservadurismo escandalizado más puro, y el choque entre ambos acabará derivando a una guerra civil. Es, pues, una época temprana en la historia del feminismo. Por lo que, volviendo a su afirmación inicial de tener una mirada ‘poco prístina’ -o directamente sucia- sobre la mujer, es de agradecer que, por una vez en la literatura, no sigamos el modelo de la Virgen María, sino el de la prostituta. Porque si por algo se caracteriza Silvia es por su devorador apetito sexual que nace de la necesidad de mantenerse permanentemente alejada del tedio. Silvia no quiere aburrirse y por eso salta de hombre en hombre, hasta, cual viuda negra, chuparle toda la energía. Energía sexual, signo máximo de la libertad.

Es refrescante. Novedoso. Usualmente, la tradición literaria canónica nos priva de deseo sexual. O, al menos, de un excesivo deseo sexual, que parece más bien privativo del hombre: siempre parecen ser ellos los que no pueden controlar el impulso primario y nosotras las que, capeando como podemos, vamos poniendo excusas del muestrario clásico (dolores de cabeza, menstruales, cansancio, etc.). Pero, en esta ocasión, es Zambombo, junto al resto de amantes masculinos, los que no parecen estar a la altura de lady Silvia. Por mucho que se esfuercen, ella siempre quiere más y ellos se van desgastando cual barra de jabón: espuma, espuma, espuma y finalmente la nada diluida en agua. Ella es la única heroína, strictu sensu: «Yo no soy una mujer normal; soy una heroína de novela» (pág. 222). ¡Lógico, pues, que lo repita así de claro en más de una ocasión!

La intención de Poncela fue la de, a guisa cervantina, escribir una novela ‘de amor’ en broma para acabar con las novelas de amor en serio que reconoce haber consumido de joven y que, sin embargo, «pueden emponzoñar los claros manantiales de la juventud» con ideas falsas sobre el amor, que distan abismalmente de lo que había aprendido en la realidad (pág. 38). Yo misma, como experta en novelas de amor, respeto el intento de acabar con un clásico (con un nicho editorial entero, en realidad). Pero también subrayo la inutilidad del esfuerzo, pues si bien la novela tiene momentos fascinantes -como esos saltos mortales de Zambombo con los que llama la atención de su mariposa y que no sabe cómo logra ejecutar sin perecer-, no está a la altura de las grandes historias de amor. A veces, la burla contra los tópicos románticos se convierte en mera imitación: Poncela es incapaz de superarlos de forma satisfactoria y se transforman en un lamentable insulto, centrado principalmente en nosotras. Las mujeres somos su blanco perfecto; Silvia, la portaestandarte.

Es posible que Amor se escriba sin hache. Pero no nos engañemos, la humanidad le ha puesto una hache imaginaria desde el comienzo de los tiempos. En realidad, como no suena, ¿quién niega la posible existencia de la letra muda antes de la A?

El pelele americano

A lo largo de mi vida como lectora ha habido novelas que se me han atragantado. No lo considero excepcional, aunque algunas me han roto el corazón por ello. Recuerdo cómo tenazmente me agarré a Guerra y paz durante meses y meses, con fases interrumpidas (adrede o no) de lectura, y ya llegando a la página 1200, a pocas cientas del final, me di cuenta de que no lograría que aquella magnífica prosa consiguiera realmente engancharme. Porque magnífica la sentía, que no quepa duda, pero no la vivía (y si no se vive, ¿a qué leer?). O con Cien años de soledad, para eterna desventura mía -eterna, porque lo he intentado en numerosas ocasiones-. Su impactante inicio auguraba deleites, pero sucedió más de lo mismo: disfrutaba, en cierto modo retorcido, la escritura pura y dura; la historia, en cambio, parecía resbalar sobre la piel, sin permearla.

De Henry James no me lo esperaba. James, que dibujó el retrato de la mujer más increíble que un hombre jamás pueda llegar a soñar… y la más creíble que una mujer pueda leer: su Isabel Archer. Que me hizo vibrar con la tortuosa relación paternofilial que se vivía en la plaza Washington. Que me dio vuelta a las tuercas, a pesar de que su giro ha sido demasiado repetido por escritores posteriores y seguramente superado por el séptimo arte en películas como Los otros. James, quien incluso en sus cuentos triviales, hace de lo episódico o rutinario un arte (pienso en el pobre Richard y sus pasiones), no parecía tener punto alguno para convertirse en una de los escritores atragantaThe American, Oxforddos.

Y, sin embargo, atorado a media garganta se ha quedado. He tardado nueve meses en leerme la novela de su Christopher Newman, The American, edición de Oxford World’s Classics (siguiendo la versión revisitada por el propio autor décadas después de su primera publicación). Nueve meses. Casi pasé más tiempo leyéndola que queriendo leerla… La compré hace un tiempo en una visita rápida a la ciudad de Oxford y lo hice movida por la pasión que conjuró en mí su novela corta The Europeans, que devoré en un tiempo récord.

¿Cómo es posible que un americano de origen, afincado en Europa, sea mejor describiendo a dos europeos en Boston que a un americano en París? Lo lógico hubiera sido a la inversa. Supongo que eso creí al comprar la novela. Mi lógica era aplastante: si los hermanos europeos me habían conquistado, ¿qué lograría hacer un americano nacido de la experiencia personal del autor? Pero, claro, me olvidé de un detalle: ¿cómo puede ser que un hombre dibuje mejor a una mujer que a otro hombre? Debe de formar parte del misterio irónico que rodea a James, quien se muestra capaz de retratar aquello que él no es infinitamente mejor que lo que sí es. De manera que las experiencias americanas de Eugenia y Felix en casa de sus primos Wentworth en Boston resultan más atractivas, creíbles, divertidas, inspiradoras que las de Christopher Newman por las calles parisinas.

He dedicado tiempo, a medida que notaba que la novela no prendía mi atención, a reflexionar sobre las razones que pueden explicar el fenómeno. La novela es una de las reputadas de Henry James. Solo hay que consultar brevemente la página web del autor en la (denostada por intelectuales y por la entera humanidad consultada) Wikipedia anglosajona para comprobar que el título figura el primero en sus “notable works”, por encima de The Turn of the Screw o de The Portrait of a Lady (listado en el que, nótese, no figura The Europeans…). Así que se me hacía difícil entender por qué no lograba comulgar con ella, a pesar de los intentos. Al final, lo he visto claro: la prosa, siendo James, impecable (solo por ella no he abandonado antes); la carga introspectiva, la esperable; el poder de sugerir reflexiones personales, disminuida; la trama, nada sorprendente; el protagonista, cartón piedra. Una enumeración de más a menos, que se cierra con el quid de la cuestión.

Christopher Newman, el protagonista, es un pelele. Un personaje que aparece en la novela ya hecho y derecho, y que a pesar de ser objeto de la más cruel de la decepciones, continúa igual de hecho y derecho (su ‘depresión’ en tierras anglosajonas no podría ser más forzada). En definitiva, lo que en teoría de la narratología Forster diría que es un personaje plano. Plano, plano, planísimo como las Grandes Llanuras americanas. Y eso lo convierte en pelele, en el sentido recto del término: una figura humana de paja o trapos, que es manteada en los balcones durante las fiestas.

Resulta muy complicado empatizar con un individuo semejante, incluso a pesar de saber que vive una ruptura de corazón dolorosa. De hecho, las pocas escenas en la novela creíbles como persona que tiene Newman son esas en las que reacciona (¡por fin!) a la ruptura de dicho órgano frente a Madame de Cintré. Pero son tan escasas y se esfuman tan rápido que no compensan páginas y páginas de un encorsetado hombre de negocios de mediana edad haciendo el prototípico tour europeo en la Ciudad de la Luz; dejándose encandilar por las mañas aristocráticas de los marqueses de Bellegarde (como todo buen americano en Europa, ¿quién lo iba a seducir si no es la nobleza?); enamorándose por un amor de lonh clásico al oír cantar las maravillas de su Claire, con la sangre más pura de rancio abolengo que caminó París (a pesar de firmar un enamoramiento de lo más vacuo, desapasionado y asexual de la historia del Amor); y, finalmente, caer engañado (¡hijo, que ya se veía venir!) por las promesas de quienes no pisarían el suelo que él pisaba si lo pudieran evitar, por mor de una diferencia social abismal.

Dicen que James escribió The American como contrapartida a la obra teatral L’Etrangère de Dumas, hijo, en el que la imagen de los estadounidenses no salía demasiado bien parada. No todos están de acuerdo y hay pruebas de que la tenía en mente antes del estreno, pero, en todo caso, no hay duda de que el drama le impactó negativamente y reforzó su idea original. Tal vez por eso insistió en crear un personaje que más que ser creíble, buscaba reivindicar una nación encarnando una serie de valores poco humanos y muy acartonados, todos valores positivos: el esfuerzo, la probidad, la valía, el optimismo… En general, el self-made man que tanto se precia allende los mares (fácil juego: new-man en un viejo continente). Ciertamente, el final con una Mrs Tristram besándole la mano, al tiempo que se apena por la oportunidad perdida de Claire, subraya la honradez de Newman. Pero probablemente lo que el lector hubiera querido sentir no es su honradez: es la pasión, la misma que (suponemos) le permitió erigirse en medio de la sociedad neoyorquina, elevándose de la nada de la miseria a la cumbre de la riqueza. ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Siendo honrado? Él mismo reconoce que no (“No one had ever unprovokedly suffered by him -ah, provokedly was another matter: he liked to remember that, and to repeat it”, pág. 354).

Sin embargo, ¿dónde quedó esa pasión? Lo que el lector hubiera querido leer es que esa mano no lanzaba al fuego la nota que le habría permitido la gran venganza montecristiana (ahí sí se hubiera podido notar la influencia made in Dumas, padre). El mismo gesto destaca la falta de respuesta apasionada, la falta de sangre, diluida -parece- con el dinero. ¿Es una buena persona? Sin duda. ¿Real con hueso y carne? Sin duda no. Decía Forster: “We must admit that flat people are not in themselves as big achievements as round ones”. James no achieves porque su personaje no es un achievement. Y el resultado es una novela que hace aguas.

¿Por qué, entonces, es considerada una de las grandes novelas del autor? No hay que desmerecer aspectos clásicos de la forma, en los que James destaca -y lo hace incluso cuando no es destacado o destacable-. Con toda probabilidad, la misma razón que me ha llevado a mí a aburrir la novela, sea la que seduce a muchos lectores: el personaje de Newman. A los estadounidenses les gusta verse representados así. Empatizan con él. Yo, no siendo estadounidense (ni tampoco parisina como sus antagonistas), no logro que me simpatice. (Eso me lleva a pensar: ¿tal vez como europea, sita en suelo americano en el pasado, sí conecto mejor con los hermanos en Boston?).

Otros aspectos podrían comentarse de la novela. Solo hablando de los personajes hay una mina. El (mucho más creíble) secundario, Valentin de Bellegarde, y su (extraña) amistad con Newman: el self-made man versus le flâneur. La infausta Noémie Nioche, quien representa el paradigma femenino contrario a la visión idealizada e imposible de Newman (y abre la novela con plaza destacada, pero se diluye al final hasta desaparecer de ella sin causa justificada). Su padre, un mantenido disfrazado de profesor intelectual (nueva contradicción, al estilo James en esta obra). O, sobre todo, la incapturable Claire, Madame de Cintré, seguramente la mejor de toda la novela, especialmente redimida por su sacrificio absoluto. Y mucho menos mártir de lo que le gusta pensar a Newman: ¿quién no ha querido huir en alguna ocasión del mundanal ruido –far from the madding crowd!– detrás de los muros altos del silencio, en este caso, conventual? La estatua estaba hecha de fuego y en el fuego congelada queda, ardiendo de forma más verosímil que el héroe.

En definitiva, sí, es una novela que se me ha atragantado. Pero seguramente porque el listón, al ser James, estaba muy alto y más altas todavía eran las expectativas. Tal vez, sin listón y sin esperar, la novela sea mejor de lo que aparece aquí retratada. Sea como fuere, una recomendación: NO LEER EL PREFACIO (en la segunda versión, la primera no lo tiene). Es un prefacio firmado por el propio autor y, sin embargo, además de ser largo, pesado y aburrido, ¡es el perfecto spoiler!

Las maneras de amar…

Parte de mi tiempo lo ocupo leyendo literatura juvenil. Es de-formación profesional: uno no puede dedicarse a la educación de adolescentes como profesor de Lengua Castellana si va a obviar la parte de ‘literatura’ que el cargo implica. Y el camino a la Literatura no se hace de la noche a la mañana: ha de construirse, baldosa a baldosa, con los años, ayudando a que lleguen a la L mayúscula (siempre que por Literatura no entendamos un canon cerrado, sino el acceso a las grandes obras clásicas que nos han aportado a nosotros mismos una nueva visión del mundo).

Algunos llegan ya con el hábito de lectura bien establecido y el salto es pequeño. Recuerdo a la alumna de 13 años que pidió a su madre que le comprase El túnel de Sábato, El extranjero de Camus y La náusea de Sartre porque, en una comprensión lectora que yo les había puesto en clase, les pregunté si creían que esas obras eran adecuadas para alguien de su edad. La idea era que buscaran un mínimo de información sobre los tres libros y reflexionáramos en gran grupo sobre la biografía del editor César Leo Marcus, quien afirmaba que pasó un verano de playa raptado por las tres obras, que le habían marcado de por vida. Mi sorpresa fue descomunal cuando, unas semanas más tarde, la alumna me preguntó si como lectura optativa del trimestre, para subir nota, podía leerse alguno de los tres. Y lo leyó. No importa lo que entendiera ni si le marcó como a Marcus. Eso probablemente venga después. Basta decir que aquel día casi toqué el Paraíso de cualquier profesor de Lengua.

Otros no lo pasan tan bien acostumbrando el cerebro a la lectura. Y necesitan pequeñas dosis de peso para adaptarse y aprender a disfrutar de lo que tal vez en casa no le han enseñado a disfrutar. Siempre les pongo el ejemplo de quien quiere un cuerpo fibrado: para lograrlo se necesita entrenamiento. El cerebro también. En esos casos los profesores somos indispensables porque la responsabilidad de escoger las mejores lecturas, las que animen -y no desanimen- a volver a coger otro libro cuando se acabe el que se tiene entre manos, recae sobre nosotros. A veces nos sale bien, otras no. En todo caso, el nicho de la llamada ‘literatura juvenil’ es un buen lugar de buceo para encontrar esas baldosas amarillas que llevarán al País de la Literatura.

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Llibreria Aqualata, Igualada, sección Literatura Juvenil (a partir de 12 años)

 

No voy a adentrarme en qué se entiende por ‘literatura juvenil’ (tal vez otro día…) ni si en el concepto hay que incluir a clásicos como Verne, Stevenson, London. Desde mi perspectiva estos clásicos, aunque sean considerados juveniles, también necesitan un trabajo previo si no existe el hábito de leer. Hablemos en términos de publicaciones más recientes, como lo hacen las editoriales y las librerías, aplicando lo que ambas entienden por la etiqueta; y también los propios profesores, que en sus listas de lecturas trimestrales de la Educación Secundaria en España tienen como ‘clásicos’ a Carlos Ruiz Zafón, Susan E. Hinton, Michael Ende, Joan Manuel Gisbert, Ana Alcolea, Laura Gallego, Fernando Lalana…

En este sentido, hace poco cayó en mis manos uno desconocido de Jordi Sierra i Fabra, autor clásico entre los clásicos de la E.S.O., titulado 97 formas de decir ‘te quiero’, publicado por primera vez en la editorial Bruño en 2001. Lo que no acabo de entender es cómo continuaba siendo desconocido para el Departamento de profesores de Castellano, viendo el terrible éxito que parece cosechar -y claramente seguirá cosechando-.

Se trata de un libro de trama detectivesca. Hasta aquí ninguna novedad en el panorama actual juvenil, en el que predomina sin duda alguna la novela negra. Pensemos en La tuneladora y  en los restantes del detective Escartín, pero también en thrillers menos policíacos, igualmente marcados por el supense, como El retrato de Carlota Los espejos venecianos. Y a veces uno se cansa de tanto caso por investigar y de tanto Sherlock Holmes aficionado, que no llega ni a la altura de la bota del zapato de su adlátere, el Dr Watson (redimo a Escartín por el humor). Tal vez por eso el hecho de que en esta obra de Sierra i Fabra la investigación venga revestida de novela rosa es un plus que se agradece.9788421641101

Como indica implícitamente el título, es una historia de amor. Se abre in medias res. Un chico de 19 años, Cristóbal, se sienta en el banco de un parque, relajado escuchando los ruidos típicos de las escenas familiares que se producen a su alrededor. Al poco tiempo, sin embargo, una joven, Daniela, se acerca a él y le pregunta si la reconoce. Con esa excusa y después de que él niegue conocerla, ella se embarca en una extraña narración acerca de que, en otra vida, ellos dos eran pareja, Andrés Bussons y Ángela Marsans. Pero debido a la enfermedad de él, se vieron cruelmente separados y acordaron encontrarse en las siguientes reencarnaciones en ese mismo banco del parque. Probablemente Cristóbal esté viviendo el sueño erótico de la mayoría de chicos adolescentes; y la mirada perdida, agónica, conmovedora que le dirige Daniela solo genera mayor empatía. Nada como personajes al límite de la exacerbación emocional para que el lector más novato quede enganchado a ellos.

Como indica el título, es una historia de amor.

Este sentimentalismo viene incrementado por el hecho de que respiramos la historia únicamente a través de Cristóbal, quien la cuenta en primera persona como narrador-protagonista. Comparte constantemente con nosotros sus pensamientos, pero no sabe cuáles son los de los demás personajes a su alrededor. Este tipo de narrador interno adopta un evidente punto de vista subjetivo sobre la realidad y está muy limitado a la hora de interpretar de forma absoluta o imparcial  los pensamientos y las acciones de los restantes personajes de la narración, de los que solo sabe lo que puede deducir (o lo que ellos deciden compartir). Eso colabora en crear una sensación de suspense que intensifica los enigmas de la trama argumental, especialmente el misterio que rodea a Daniela y la historia que esta le cuenta. ¿Es la historia verídica? ¿Es posible que sea un caso de reencarnación, real y comprobable? ¿Es una historia de amor para los siglos de los siglos, amén, de esas que van más allá de la muerte, como quiere todo el ideario romántico posdecimonónico?

Si la historia de Daniela es verdad o mentira queda para el lector. Pero en cualquier caso, está íntimamente relacionada con la voz narrativa. El uso de la técnica del narrador-protagonista solo se rompe en el capítulo final. Para entonces la historia habrá dado tal vuelco, fruto de la investigación de Cristóbal en busca de la verdad, y será tal la carga de emociones de los personajes, que poco nos daremos cuenta del cambio. Pero el narrador interno pasa a ser uno omnisciente que se detiene en un personaje muy secundario, la madre de Andrés Bussons, el amante malhadado. Y es en este capítulo, con el revelador título de “La incógnita final”, donde de nuevo la trama hará un nuevo giro copernicano y nos encontraremos en el punto de partida. Si para Daniela eran los ojos de Cristóbal los que le revelaban todo su pasado de amor a lo Romeo y Julieta, para la Sra. Bussons también serán los ojos el centro de atención, ojos que le recuerdan extrañamente a los de su hijo difunto. Confiesa a su asistenta que se quedó bloqueada cuando vio a Cristóbal porque algo en él le evocaba a Andrés: «Eran… sus ojos, su mirada, algo que trascendía más allá» (pág. 171). Un evidente paralelo final con el comentario arrobado, fuera de lugar, que protagoniza Daniela al comienzo: «Se sentaron juntos, en la misma posición que la primera vez, y se miraron sin el menor rubor, de forma directa y fija. -Tus ojos… -murmuró Daniela» (pág. 97). En los ojos que miran, pues, está la clave: en la mirada de Cristóbal.

Es una novela fácil de leer, no nos engañemos. Tal vez demasiado facilona, pues el cebo trágico es, en ocasiones, muy obvio para un lector vezado. Pero, ¿y para uno novel? ¿Para uno adolescente? Entonces es una novela muy recomendable, especialmente en la franja de los 13-14 años. Los dos vuelcos de la trama argumental están bien recreados y no resultan forzados. Los picos de tensión se sostienen. El personaje de Santiago, íntimo amigo de protagonista, incluso sus propios padres y hermana, ofrecen un buen contrapunto al más crédulo, en ocasiones cartón-piedra de Cristóbal. Y, además, está toda la lección en inteligencia emocional: ¿qué es Amor? «¿Cuántas maneras había de besar? ¿Y cuántas de amar?» (pág. 103). La respuesta es un número primo sacado de un poemario, con todo el trasfondo metafísico que llevan detrás los primos y la poesía: noventa y siete maneras.

FICHA TÉCNICA:
Jordi SIERRA I FABRA, 97 formas de decir ‘te quiero’, Bruño, Madrid, 2016 (colección Paralelo Cero, nº 33), 171 págs. [2001; 19ª edición].