En la frontera del lejano Oeste…

Aviso al lector: Esta entrada de bitácora no pretende ser una erudita exposición de conocimientos. Es más, no voy a decir que sé sobre el tema porque, en realidad, no sé. Pero sí quiero reflexionar sobre un fenómeno que se está instalando en la literatura juvenil y que ya lleva cierto tiempo llamándome la atención (de eso ya sé algo más, como consumidora asidua por devoción y por profesión). Me estoy refiriendo a la eclosión de ficciones para adolescentes que se ajustan a nuevos géneros, pocas veces vistos con anterioridad y, por tanto, poco habituales, superando las tópicas tramas de niños salvadores del mundo o de magos, también salvadores del mundo. Hoy me interesa particularmente la aparición del wéstern en los listados de lecturas de los institutos. Ambos conceptos —novela juvenil y novela del oeste— no parecen, a priori, muy relacionables y, sin embargo, desde el 2015 lo son.

portada Una bala perdidaAcabo de poner punto y final a Una bala perdida de Fernando Lalana. Publicada aquel año por la editorial Casals en la colección Bambú, es el primer libro de una saga bajo el epígrafe ‘Las aventuras de George Macallan’. Y ya solo por el título y por la portada no cabe duda alguna: un rostro de ojos semiescondidos bajo el ala de un sombrero Stetson y la boca de un revólver apuntando al lector, con la sombra superpuesta de un vaquero montando a caballo y un paisaje desértico de fondo, avanzan claramente que nos encontramos delante de un wéstern de sabor clásico.

He de decir que cuando llegó al instituto un ejemplar de muestra me quedé encandilada. Como dije antes, no es porque conozca mucho de este nicho editorial. Pero no pude evitar recordar la colección de Estefanía que había en casa de mi abuela, comprados y devorados por mi tío, tal vez de quien menos habría uno dicho que fuera lector. Y, sin embargo, lo era. Pero no de cualquier libro: solo de novelas del oeste. De muy pequeño formato y grueso, que cabía en cualquier bolsillo de pantalón, fueron sacadas a la luz por Bruguera con un denominador común: estefaníaun ‘Estefanía’ escrito en grandes letras en la parte superior de la portada, el título de la novela con letra muchísimo más pequeña (¡qué extraño contraste!) y el dibujo de un plano medio o primer plano del rostro de un vaquero (a veces de un indio o, con suerte, de alguna corista de saloon). Solo he visto los mismos tópicos en las portadas de las novelas románticas y cabe imaginar que funcionan en ambos casos de manera similar: atraer el ojo y el interés del lector, que sabe perfectamente lo que está comprando.

Mi ojo siempre se sintió atraído por esa colección, el interés también. Pero, he ahí la vida, nunca llegué a tener la oportunidad: al heredar la casa de la abuela, devolví los libros a la viuda de mi tío. Y en el proceso descubrí que, en aquel tiempo, una vez él se leía uno, se lo pasaba a ella de estraperlo (¡un nuevo lector ignoto: mi tía!). Así pues, el único contacto que he tenido con el mundo del salvaje oeste han sido las innumerables películas de indios y vaqueros que compartí con mi padre en innumerables tardes de niñez y adolescencia. No recuerdo títulos, tampoco tramas específicas, pero sí ese regusto de afición compartida que, una vez pasada la época, se queda en la lengua. Por eso, al ver Una bala perdida el sabor de la curiosidad mezclada con nostalgia me llenó la boca.

He leído la novela de Fernando Lalana y me ha gustado. Como todo lo de Lalana, está bien construido, es complejo y, sin embargo, accesible para un público púber. Hasta ahí ninguna sorpresa.

No es habitual el wéstern juvenil.

Sin embargo, el hecho de haberse arriesgado con un wéstern despierta mi admiración. No es habitual que este nicho particular se destine a un público semejante. Es cierto que el autor ha hecho por adaptar las particularidades de la novela negra a la literatura juvenil, especialmente con su saga protagonizada por el detective Fermín Escartín. Pero tales esfuerzos no eran en solitario: es toda una ola la que invade desde hace unos años las estanterías de las lecturas obligatorias de Secundaria con adaptaciones de novelas policíacas, detectivescas, de crímenes, investigaciones y asesinatos. Si Lalana ha marcado un hito en ese género ha sido, básicamente, por la calidad de sus novelas y, sobre todo, por el sentido del humor que exuda el personaje de Escartín.

Macallan probablemente resulte mucho menos atractivo como protagonista. Le falta la gracia desmadejada del detective. En este libro parece que hay momentos que se prestarían a la risa, pero no llegan a producirse y siempre tiene lugar un vuelco en la trama hacia la acción que desvía cualquier posibilidad. Esa es la peor de las críticas que le puedo hacer a la novela: haberse tomado demasiado en serio a sí misma. Desconozco si se debe a un rasgo particular del género. Es posible. En todo caso, igual que Escartín no es un Poirot, Macallan tampoco tendría por qué ser un vaquero al uso. Lalana podría haber renovado el género. Pero en su deseo de emularlo, no lo ha hecho. Más bien ha tomado todos los tópicos relacionados con él, aquellos que cualquier neófito reconoce, y los ha volcado en sus páginas: tenemos, evidentemente, al vaquero cuarentón, elegante violento; una cárcel del oeste; el saloon con las chicas cantoras y su pianista, así como el camarero que sirve güisquis; unas ciudades -podríamos decir villorrios- típicas de frontera donde la ley parece ausente; los sheriffs y los marshalls pululando de fondo; un asalto (varios, de hecho) al tren; una mina de plata y un poblado indio; la amada/amante; una partida de cartas, de farol; el abogado listo, un juicio sin demasiada justicia y un treta final de traca; el desierto; balaceras (muchos, muchos tiros); huidas a caballo… No falta ingrediente alguno. Y es en este punto donde reside la máxima valía de la novela: es un wéstern de tomo y lomo. Puro.

Así que, sí, es cierto, Lalana podría haber innovado y, no, no lo ha hecho. Pero cuando se trata de engatusar al lector novel, ¿realmente es necesario innovar?

La novela recoge todos los tópicos.

Creo que como homenaje a un género que cada cierto tiempo se declara muerto y, sin embargo, camina bien vivo, Una bala perdida es una novela muy recomendable. Los lectores jóvenes probablemente se sientan atraídos por los tópicos que recoge, empezando por la silla de montar mejicana del protagonista, por su revólver Russian, por la mano izquierda siempre libre para disparar y su aspecto general de forajido caballeroso del Oeste. La trama detectivesca que Macallan ha de investigar, con decenas de muertos, engancha lo suficiente como para mantener la atención en el periplo que lleva a cabo de una ciudad a otra en medio del desierto de Nebraska y Colorado, en lo más profundo de los Estados Unidos. Las descripciones de los tiroteos son vívidas y sangrientas, como ha de ser, incluso con disparos que abren boquete en medio de la frente. El punto de la historia de amor frustrada tiene el suficiente sentimiento como para engatusar; y el misterio del hijo —que es, pero no es— permite fantasear con otro final distinto al esperable.

En general, los giros rocambolescos de la trama enlazan cada uno de los ingredientes antes citados sin que resulte forzado y crean una red espesa, coherente y cohesionada. Es un digno vasallo del género, aunque le falte un toque de innovación, al menos de humor. Por eso, si gracias a las adaptaciones de la novela negra hemos podido recuperar a los clásicos, especialmente a Agatha Christie, para el público adolescente (Diez negritos es, sin duda alguna, un gran éxito como lectura obligatoria), cabe soñar ahora que con esta rehabilitación del wéstern podamos abrir una nueva puerta a los intereses de nuestros alumnos. Que Lalana con su Macallan suponga un acceso a los grandes autores, a Zane Grey, a Brand, a Guthrie, a L’Amour, a Silver Kane… O, como no, a Marcial Lafuente Estefanía (si no a él, a uno de sus descendientes, hijos o nieto, que bajo su nombre continúan publicando hoy en día en Ediciones Cíes).

Y, de pronto, llegados a este punto, todo cobra sentido, se cierra el círculo: el padre de uno de los más renombrados escritores de novela juvenil, César Mallorquí, autor de los exitosos La Catedral y Las lágrimas de Shiva, sempiternos en los listados de must de la Secundaria, fue el creador de El Coyote. La versión española de El Zorro venía firmada por José Mallorquí. De este modo, la relación entre el adjetivo ‘juvenil’ y el nicho del far west no resulta tan alocada como parecía al iniciar esta reflexión. Es muy posible que, con su Macallan, una vez más Lalana haya dado en el blanco.

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Platero, tú nos ves, ¿verdad?

platero y yo cubiertaHace pocas horas que le he puesto punto y final a uno de los -indudablemente- grandes, muy grandes clásicos de la literatura española. Me refiero al reputado, a la par que creo desconocido, Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. La edición es más o menos vieja, de 1985, encolada y negra, tamaño cuartilla, con aparato crítico y sellada por Cátedra en la colección ‘Letras Hispánicas’, número 90. Fácilmente reconocible. Con toda probabilidad fue una de esas lecturas obligadas que tuvo mi hermana en el instituto, pues a mí nunca me lo hicieron leer, tampoco en la carrera. No sé con qué pena o gloria pasó por sus manos, pero sí debo decir que ha sido bálsamo de Fierabrás para las mías y en ellas se quedará.

No voy a embarcarme en un sesudo estudio de la obra. No es el lugar. Esta sección del blog la dedico a introversiones públicas (si se me permite el oxímoron) sobre algunos libros que llegan a mi vida y cómo impactan en ella. Así que dejaré a otros que hablen de la forma, del contenido simbólico o alegórico, de la significación histórica, del trasfondo filosófico, como hace Michael P. Predmore en esta edición. Yo me limitaré a expresar mi maravilla ante un libro así.

La línea estilizada en Platero.

Las breves escenas de costumbres, bien descritas, bien narradas en una delicada prosa poética modernista, han hecho el deleite de mis sentidos. Echaba de menos una línea estilizada de estas características. De hecho, he cobrado (triste) consciencia de cómo la prosa hoy en día se ha vuelto chata, hueca, directa como un puñetazo en las vísceras, sin el gusto por ese baile de consonantes y vocales, de palabras besándose con palabras, sin medir el número que suman, solo dejándose llevar, a veces truncando el orden habitual, a veces llanas como el andalú de los personajes. Me doy cuenta de que ya no está de moda ese tipo de frase. Seguramente en los talleres a los que asisten muchos de los actuales escritores best-seller se recomiende sujeto-verbo-objeto y la estructura simple por encima de la tan castiza subordinada. Que eso no nos haga, sin embargo, olvidar lo muy musical que puede llegar a ser la ola de un verbo concatenado a otro y a otro. Y a otro. Jiménez logra el equilibrio de forma natural.

Es necesario dejarse mecer, como lector, en este vaivén de letras que construyen pequeñas historias, en ocasiones simples retablos estáticos que evocan sentimientos en el yo poético, sin siquiera un conato narrativo. Se organizan (per)siguiendo las cuatro estaciones en orden cíclico, desde el final de un invierno hasta casi tocar el final del siguiente, durante las cuales el protagonista camina junto a su burro Platero, sin prisa, pero sin pausa, dejándose llevar por aquello con lo que topa: un hecho común, un recuerdo, un accidente, una flor, un pájaro… Transcribo una de esas secuencias, la CIV, pues todas y cada una de ellas son irreproducibles si no se hace con las palabras orijinales:

«¡Qué de hojas han caído la noche pasada, Platero! Parece que los árboles han dado una vuelta y tienen la copa en el suelo y en el cielo las raíces, en un anhelo de sembrarse en él. Mira ese chopo: parece Lucía, la muchacha titiritera del circo, cuando derramada la cabellera de fuego en la alfombra, levanta, unidas, sus finas piernas bellas, que alarga la malla gris.

Ahora, Platero, desde la desnudez de las ramas, los pájaros nos verán entre las hojas de oro, como nosotros los veíamos a ellos entre las hojas verdes, en la primavera. La canción suave que antes cantaron las hojas arriba, ¡en qué seca oración arrastrada se ha tornado abajo!

¿Ves el campo, Platero, todo lleno de hojas secas? Cuando volvamos por aquí, el domingo que viene, no verás una sola. No sé dónde se mueren. Los pájaros, en su amor de la primavera, han debido decirles el secreto de ese morir bello y oculto, que no tendremos tú ni yo, Platero…» (páj. 207).

El contraste de una a otra escena puede quitar el aliento: la contemplación de las rosas del Ángelus puede llevar, en la pájina siguiente, al moridero de los animales abandonados; la mirada fija en el encanto de la casa de enfrente evoca, después, la muerte de un niño del pueblo; el revoloteo de la mariposa, a la del propio Platero. No es de extrañar que el primer editor del libro, Francisco Acebal, a cargo de la biblioteca Juventud de la editorial La Lectura, en su lecho de muerte, todavía recordara y citara ante el propio Juan Ramón los ‘versos’ finales del deceso: «Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores…» (páj. 236).

No se puede añadir mucho más. La lectura es necesario hacerla, pero, ¿por qué no se hace? ¿Por qué un libro de tal belleza -estética, narrativa, descriptiva, simbólica, fáctica- da la sensación de que está limitada a las bibliotecas de filólogos? ¿Cómo un libro, que fue destinado inicialmente a lectura infantil, hoy pasa completamente desapercibido, sea para niños o para adultos? Seguramente los propios profesores seamos culpables de esta omisión. Y probablemente se pueda justificar usando criterios lójicos. Incluso aceptables.

¿Por qué no se lee Platero?

Es un libro cuya comprensión resulta difícil de evaluar, si no se hace desde los parámetros de un análisis literario. Y para eso no hace falta leer el libro entero: probablemente haya fragmentos corriendo en los libros de texto, con sus debidas preguntas, mediante las que se pretenderá guiar al alumnado para que encuentre segundos significados o, entre líneas, las características del Modernismo. Incluso se podrá aducir que no es un libro que pueda leerse de forma rápida. Con unos estudiantes saturados por materias de las que (de)pende su futuro inmediato y con modelos de exámenes ‘estándarmente’ cuadriculados, no hay tiempo para una lectura pausada, que vuelva sobre escenas ya leídas, que no avanza más que cinco o seis en cada sentada, que requiere detenerse, mirar al techo, reflexionar, volver a empezar… ¿Qué docente se atreverá a incluir una lectura así en sus programaciones? ¿En sus planificaciones y cronogramas? Por no citar también cierto pudor -¿pavor?- que existe entre algunos profesores a la hora de incluir ‘clásicos’ tan ‘clásicos’.

Pero entonces se habrá perdido la majia de una lectura que evoca la nostaljia de la infancia, la belleza de lo simple, la pureza de la amistad, el gusto por la palabra… Y podría seguir haciendo paralelismos básicos como estos sin detenerme. Platero y yo ha de volver a los listados de Secundaria y Bachillerato, a los catálogos de recomendaciones de los libreros, a las novedades en las revistas especializadas, de donde no debería haberse ido en uno de esos paseos de flâneur con el que imajino que el protagonista con su burro dejaron la caja cuadrada de escritura para salirse por un marjen, como si fuera la marjen de un río, y pasear por ella. Pero, «Platero, tú nos ves, ¿verdad?» (páj. 237).

Las púas del erizo

En casa tenemos debilidad por los erizos. Tal vez porque son como un ratoncito nocturno cubierto de púas, que opta por hacerse ovillo cuando el peligro llama a la puerta. No es un método habitual entre los animales de una casa en el campo: normalmente suelen ser agresivos, de zarpa presta o colmillo avizor.

Es posible que eso dirigiera mi atención hacia el título La elegancia del erizo, nombre de la-elegancia-del-erizo_9788432251184la novela francesa de Muriel Barbery publicada en Gallimard en 2006. Lo escuché probablemente en algún momento de aquella época, cuando se convirtió en un bombazo en ventas. O puede que fuera unos años después, cuando salió la película de la directora francófona Mona Achache, Le hérisson. En cualquier caso, mi cariño hacia este mamífero debió de teñir la novela de connotaciones positivas, que expertos y público confirmaron con sus buenas críticas. De hecho, durante un tiempo La elegancia del erizo aparecía en todos los listados de ‘must’ para estar ‘on’ y ser fashionista total. Cuando, limpiando la biblioteca de mi madre, me di con un ejemplar de Barbery en las manos -editado por Seix Barral en Booket, traducción de Isabel González-Gallarza-, pensé que sería hora de ver a qué tanta algazara.

Debo decir que no lo entiendo: no logro comprender por qué una novela se vuelve best seller. No sé qué hace saltar la chispa que engancha a un lector estándar. Mi formación como filóloga me impide ponerme en la piel de alguien que no vive de, por y para la lectura, es decir, de un lector medio. O eso me dicen. Y como nunca he tocado estudios de edición o mercadotecnia literaria, resulto un verdadero pez fuera del agua en esta cuestión. Suele pasarme a menudo cuando nos encontramos en pleno proceso de selección de las lecturas anuales para los alumnos de Secundaria: siempre mis compañeros han de recordarme que no somos lectores normales.

Definción de lector ‘normal’.

¿Qué es un lector ‘normal’? ¿Qué leen esos seres que nos hacen a nosotros ‘anormales’? ¿No leen lo que leemos? ¿O es que simplemente no leen? Aquellos libros que para mí marcaron un antes y un después en plena adolescencia, en cambio no funcionan con los jóvenes de un aula actual (mejor preciso: no suelen funcionar). Me sucedió con la novela histórica Cruzada en jeans de Thea Beckman, que leí y releí mil veces, mucho antes de llegar a la pubertad, fascinada por el ambiente medieval de una cruzada de niños; y, sin embargo, nuestros alumnos la encuentran lenta, incluso pesada. Lo mismo con las obras de Salgari o de Verne. Y, ya entrando en el terreno de los buenos clásicos, con El retrato de Dorian Gray de Wilde o con El lobo estepario de Hesse. Así que debe de existir alguna tara en mi concepción del ‘buen libro’ que me impide apreciar lo que el lector medio aprecia.

Me leí La elegancia del erizo porque una vez más quise poner a prueba mis gustos versus los gustos de la crítica y público en general. Apoyándome en un argumento ad populum, descubrí que de argumento tiene poco y de falacia todo, pues no he logrado que la novela de Barbery me guste. Tampoco consigo explicarme por qué «se convirtió rápidamente en Francia en un fenómeno literario, en un auténtico best-seller, corroborado por sus ventas millonarias; de hecho, se mantuvo un año entero en la lista de los más vendidos. Y, de un día para otro, Muriel Barbery pasó a convertirse en una escritora revelación, a la que se le concedió el “Premio de los Libreros” en el año 2007», en palabras de Javier Úbeda en Culturamas, una revista digital de información cultural como cualquiera de las tantas que se pueden encontrar en papel o en internet. Y todas están de acuerdo en este punto. Por cómo se expresa, queda en evidencia que para el mercado literario Barbery logró un hit con su segunda novela… y quedo yo en evidencia, que no entiendo tanto ruido para tan poca nuez.

Juega con los estereotipos más lamentables. Una portera protagonista, que pasa su vida disimulando su hiperinteligencia. Para confirmarnos cómo de lista es, dedica capítulos enteros a analizar los escritos de algunos filósofos que aparecen en los repertorios de Bachillerato (¡¿en una novela y sin estar justificado por la trama?!). Reconozco que no entendí a qué tanto Husserl, Descartes o Kant, únicamente introducidos por las propias inseguridades de la protagonista: «Como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas» (pág. 52); y cuando se le presenta por delante el concepto de la fenomenología, van tres capítulos rellenados de pseudoreflexiones que se cierran con: «He aquí pues lo que es la fenomenología: un monólogo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma, un autismo puro y duro» (pág. 64). ¿A qué dedicarle todas esas páginas si va a acabar reduciéndolo a la nada del que cree que no sirve tanto papel gastado?

Las púas de los estereotipos.

Pero es que la esencia misma de la protagonista ya es terrible. ¿En serio debemos sorprendernos por el hecho de que haya una portera autodidacta? Es un planteamiento excesivamente burgués: las porteras son lo que quieren ser. La elección de la autora es un cliché más. Por no mencionar a la segunda protagonista, la hija de un ministro parisino que decide jugar con la idea del suicidio por puro aburrimiento. No sé si es necesario repetir, una vez más, la imagen de los superdotados pasándose la vida contemplando la muerte. Para que luego, al final, cómo no, aprendan la obligatoria lección vital de supervivencia que les llevará a apreciar, por siempre jamás, los valores de continuar con un corazón latiendo.

Ni la trama (con un final tan manido que hasta el más ciego vería venir), ni los personajes (pedantes hasta la saciedad), ni el estilo retórico (sobrecargadísimo como el que más) ni los contenidos filosóficos (de libro de autoayuda) consiguen dar razón o coherencia al éxito que vivió la novela. Todo en ella es esperable. Y lo que no se espera es tan cansino que lleva al hastío.

¿Qué ha visto el lector medio en esta novela? Hago algo poco habitual en mí: busco información en los blogs, en las revistas, en cualquier entrada crítica que me dé una explicación. Encuentro expresiones como “himno a la vida” u “oda a la belleza”, y alusiones a la sonrisa que nos suscita ir pasando página tras página. Debo, pues, confirmar mi anormalidad como lectora.

Y, de pronto, a medio libro, me tocan la única razón que todavía podía sostener la lectura: la portera, fea, rechoncha, es ¡el erizo! Y su elegancia nace de la contradicción: nadie espera que un erizo sea elegante. Nefasta imagen. El erizo ES elegante. No hay contradicción alguna. Bello como solo un animal tímido, que se hace bola y saca las púas, puede serlo. Un animal que basa su supervivencia en la defensa y no en el ataque. Dijo Cernuda, aunque fuera con nostálgica tristeza, «Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor» (entrada para Donde habite el olvido). Los erizos, encarnación del sentimiento más humano, exceden lo que nos deja Barbery en su novela.

Monstruos personales

A veces la vida tiene una particular forma de colocarte contra las cuerdas y, atrapado en ellas, golpearte una y otra vez hasta que dejas de ver el mundo como creías que era. Embrollada en semejante red he pasado los últimos meses. Cual marinero boqueando en plena tormenta, una tabla de madera podría significar mi salvación, de manera que a todas me he agarrado desesperadamente.

Una ha sido la lectura. No voy a entrar en el manido discursito de cómo un buen libro puede prestar auxilio en un momento así, porque cualquier lector que se precie no solo lo sabe: es que lo ha vivido en carnes propias. Resultaría, pues, de Perogrullo. El foco me gustaría ponerlo en cómo los demás, que tal vez no siempre son lectores como tú, de pronto creen estar descubriéndote América cuando te recomiendan tal o cual título para salvarte de la aflicción. Es curioso: los buenos lectores no suelen recomendarte libros para ocasiones similares. Para degustarlos, sí; para repudiarlos, también. Pero no para salvarte. Porque si algo enseña la experiencia lectora es que un libro puede salvarme a mí, pero probablemente solo sea a mí. O yo creo que solo es a mí. El proceso es tan personal, íntimo, que no se suele compartir.

Los buenos lectores no recomiendan libros para salvarte.

Por eso resultó toda una vivencia novedosa la primera -y última- visita a la psiconcóloga. De todas las recomendaciones, solo una cuajó, tal vez porque el formato de la recomendación me sorprendió: debía leer Un monstruo viene a verme. En realidad, empezó diciendo que debía ver la película… y a los pocos segundos se desdijo y añadió que podía leer el libro. Con esa rectificación creí que ya me había calado.

71OvhkMVUSLComo largometraje yo sabía de su existencia, pero no como novela. Así que de aquella charla de hora y media salí directamente a la librería. Como se trataba de un título de relativa actualidad -la película de J. A. Bayona fue estrenada en el 2016 y al poco tiempo obtuvo una ristra de premios, entre otros, nueve Goya-, ahí estaba la flamante impresión rústica de Nube de Tinta, en Penguin Random House.

De hecho, el libro original no es veterano: bajo el nombre de A Monster Calls, fue publicado por Patrick Ness en 2011. En un arranque de sinceridad poco habitual, añade bajo su propio nombre: “A partir de una idea original de SIOBHAN DOWD”. Que un autor reconozca públicamente que usa de otro -ya difunto- el inicio, los personajes y el esbozo de una trama (o como quieran traducir del inglés ‘premise’, pero que no sea ‘premisa’ como en esta edición) es un gesto que le honra. Y más que añada dos páginas iniciales con la debida explicación: rinde homenaje enfático a la escritora de literatura juvenil angloirlandesa y anima a leer las novelas suyas verdaderas. Él solo pretende “escribir un libro que a mi parecer a Siobhan le habría gustado”, sin intentar imitar su voz. Descubrir un editor en común aclara por qué el escritor se embarca en tamaña tarea de ser-pero-no-ser la autora original.

Tal vez debería haberme informado antes de quién era Dowd. O Ness. Pero, como venía recomendado, con el objetivo de ayudar a mi salvación, no se me ocurrió. Abrí el libro y lo leí en un par de noches. Debo decir que no: la ‘Nota de los autores’ del comienzo no me puso en guardia. No, las reseñas de la película en la alfombra roja tampoco. El resultado ha sido un chasco.

El protagonista pasa por unas circunstancias vitales complejas: padres divorciados, progenitor olvidadizo al otro lado del Atlántico, abuela materna moderna (demasiado carácter y vida propia para identificarla con la imagen que tenemos de nuestras abuelas) y madre crónicamente enferma. Sumémosle un entorno escolar agresivamente en contra, una tendencia natural a la soledad y una amiga que va y viene (como tantas otras) y el resultado es un Conor que ha de enfrentarse a los golpes y porrazos de la vida; como yo, atrapado en una red, de araña o de pescado, da igual, pero red tan gruesa que apenas lo deja respirar. La diferencia: que Conor es un adolescente en pleno proceso de maduración y yo una cuasicuadragenaria hipermadurada. Hace treinta años el libro me hubiera abierto las aguas y, sin duda alguna, me hubiera salvado. Hoy me lleva a plantearme qué narices debía de estar pensando la psicóloga cuando me recomendó este título. Y entonces concluyo: no, no me había calado en absoluto. Los buenos lectores no te dan libros para salvarte.

Es posible que Un monstruo viene a verme explique los sentimientos de rabia, furia, frustración, tristeza, miedo (pánico) que nos invaden cuando un familiar está enfermo. Especialmente si es tu madre. Pero cuando ya perdiste un hermano justo llegando a la edad del protagonista, las explicaciones de la novela se quedan cortas. Sabes cómo lidiar con cada una de esas emociones: el problema es el hastío interno a hacerlo de nuevo. Un Conor de quince o dieciséis años no sirve como Caronte en este río turbio.

La novela es un Bildungsroman.

Ahora bien, intentemos analizar la novela desde las perspectiva de lo que pretendía ser y no de lo que yo creía que era (ya van varios libros que me burlan, ¡estoy en racha!). Ness deja claro que se trata de literatura juvenil. La biografía de Dowd también. Leído el libro, queda confirmado: es, sin duda alguna, un Bildungsroman. Entonces la metáfora de un niño que recibe la visita de un gigantesco tejo, que llega para contarle tres historias de las que tiene que entresacar la lección moral, cobra una dimensión sorprendente: es una idea buena. Seriamente buena. En particular porque la primera conclusión a la que llega el lector -que se trata de un árbol irreal- no es posible, pues tras las visitas quedan restos evidentes de la presencia de este Ent. ¿Qué simboliza el tejo? La novela da las suficientes pistas como para que, además, nos convirtamos en treehuggers, abrazadores de árboles.

Luego podemos analizar las tres fábulas que relata el tejo, a las que Conor debe responder al final con su propia historia, en un intercambio de sabor primigenio. Los relatos pretenden explicar por qué el árbol arrancó a andar; la cuarta aclara la razón de hacerlo para el protagonista. Siguen la estructura habitual de las narraciones didácticas. Pero si nos paramos a reflexionar seriamente sobre ellas, nos sentiremos público burlado, pues no hay moraleja alguna. O, mejor dicho, sí la hay, pero tan contraria a toda lección conocida, que nos cuesta -como a Conor- aceptarla: la vida no es buena ni mala, justa ni injusta. Solo es. En palabras del tejo, “Las historias son lo más salvaje de todo […] persiguen y muerden y cazan” (pág. 46). Perseguidos, mordidos y cazados quedamos con unas historias que no pretenden otra cosa que recordarnos tamaña verdad.

Que la realidad sencillamente es, lo sabemos bien los adultos. Pero, como seres humanos incoherentes que somos, esos mismos que se golpean con la misma piedra en el mismo dedo del pie, nos olvidamos de ello. Durante muchos años quise creer que existía un Bien y un Mal, y un Equilibrio entre ambos. Así que sí hubiera agradecido la novela de Ness-Dowd en mi adolescencia: me hubiera ayudado a comprender que vivir es una lotería, y las más de las veces el número ganador se corresponde con el que tiene el de al lado, no con el propio.

Por eso, con todos los riesgos que una lectura de tal naturaleza implicaría en un centro de Secundaria, creo que Un monstruo viene a verme ha de figurar en los listados de obligatorias o recomendadas. La originalidad de la trama, el tratamiento de las emociones y, sobre todo, la estética fílmica de las imágenes y de la acción la hacen muy recomendable para un público menor. Para el mayor… Señores, háganme caso: la vida les colocará delante el libro que les salve sin que haya recomendación de por medio. Si la hay, desconfíen y cojan el ejemplar del costado: tiene más posibilidades de ser el correcto.

Lecciones en las estrellas

La literatura juvenil -como, por otro lado, buena parte de la de adultos- está plagada de títulos destinados a perecer. Son flores marchitas ya antes de abrirse. No siempre se debe a la mala calidad, sino simplemente a las inclemencias de una industria editorial impenitente que condena a muerte por la simple masificación de títulos que salen día tras día.

Solo sobreviven dos tipos de ejemplares. Unos son los que quedan endiosados misteriosamente por los docentes de Lengua, que los convierten en libros obligatorios de sus cursos. Pensemos que en un centro educativo medio hay un centenar de alumnos que se acercarán a la librería a comprar los que les hayan mandado los profes. Son best sellers no por su validez, sino por obra y gracia de las exigencias departamentales, curriculares y (por qué no reconocerlo) la desidia de algunos, que no siempre muestran ganas de renovar el elenco de títulos con otras posibilidades. Los profesores nos caracterizamos por entrar en bucles, repitiendo libros sin mucha reflexión previa y dejándonos llevar poco por lo desconocido. Pienso en la decepción que ha supuesto para mí la lectura de Los espejos venecianos, Bala perdida, Manzanas rojas o Julia y la mujer desvanecida, por citar algunos que, seamos sinceros, ni chicha ni limoná. No puedo decir que fueran de suicidio, pero tampoco es que disfrutara especialmente con ellos o que me aportaran otra perspectiva sobre el mundo, dos requisitos indispensables si queremos enganchar al alumnado adolescente.

El otro tipo de libro juvenil superviviente es el que la buena acogida por el público lector salva, esta vez sin la mediación obligatoria del profesor. Se convierten en grandes éxitos por sí mismos y, con el tiempo, si hay suerte, en clásicos, como ocurriera a las obras de autores renombrados: Roald Dahl, Michael Ende, S. E. Hinton, Enid Blyton o Herman Hesse. Sucede con los de este grupo que es difícil llegar a la altura de escritores como los mencionados, tal vez porque la pátina del tiempo que ha pasado desde su escritura los ha convertido en inalcanzables. A los títulos nuevos les falta olor a viejo… Algunos apuntan maneras: pienso en Fernando Lalana, Jordi Sierra i Fabra o en Carlos Ruiz Zafón. Solo el tiempo dirá.

02-Ut-y-las-estrellasExtraño, entonces, es el caso de Pilar Molina Llorente y su Ut y las estrellas. No quiero decir que sea único, pero sí llamativo por inusual. Se trata de la novela ganadora del Premio Doncel en 1964, consiguientemente publicada en la colección “La Ballena Alegre” del sello homónimo. Tras varias reediciones en los años 70 y 80 parecía destinada a desaparecer, como tantos otros… pero en 2010 volvió a llamar la atención a Planeta, editorial que decidió publicarla en la colección Cuatrovientos. Y ya suma décimotantas ediciones, sin que parezca que vaya a haber fin, por ahora.

Si el recorrido de Ut y las estrellas llama la atención, el tema que recrea también: se trata de una novela histórica (hasta aquí ninguna novedad), pero ambientada en la Prehistoria. Es habitual la contextualización en la Edad Media, el siglo XVIII, los comienzos del XX; incluso en la década de los 80, lo que nos coloca a los setenteros en una penosa situación anacrónica respecto a nuestros alumnos. Pero retrotraerse a épocas pretéritas, preescriturales, ya no. Al más puro estilo que adoptó posteriormente Jean Marie Auel y sus Hijos de la Tierra -lecturas que necesitan supervisión por la carga erótica de ciertas escenas, aunque yo me las leí sin control parental alguno y no veo que haya quedado muy marcada por ello-, Molina Llorente escoge una época primitiva, salvaje, apasionada para introducir al antihéroe protagonista: un joven Ut que reniega de la caza y de la guerra, opta por ser vegetariano y entretenerse con actividades manuales, como la alfarería o la talla de madera; que prefiere deleitarse mirando las estrellas y reflexionar sobre dioses y hombres antes que socializar con los miembros de una tribu que lo mira cual bicho raro. Si optáramos por usar términos (pospos)modernos, hablaríamos de bullying en una época cavernaria.

De manera que existe todo un trasfondo de denso contenido moral y espiritual para nutrir la lectura de cualquier adolescente en cuestiones que son atemporales y en las que puede sentirse perfectamente reflejado, al margen de si la novela se ubica miles de años atrás o si se escribió hace más de medio siglo. Pocos libros pueden decir lo mismo. Desafortunadamente, algunos envejecen realmente mal. ¡Pobre saga de Flanagan, por Andreu Martín y Jaume Ribera! Otrora, la gran recomendada de cualquier profesor de Castellano, pero que hoy cuesta sugerir a los alumnos porque los chistes de Schwarzenegger, alias el Charchi, o de Sabrina y sus pechos navideños solo han quedado para provocar la risa a viejas glorias cascarrabias.

Y, para más inri, si todo lo mencionado no fuera suficientemente extraño, está cargada de un lenguaje lírico muy poco frecuente en las novelas para adolescentes. En detrimento de la acción desmesurada y veloz narrativa a la que nos tienen habituados los libros juveniles de hoy, Molina se deleita en escenas lentas y reflexivas, marcadas por expresiones poéticas como esta: “En la superficie de la montaña, en la hierba lisa del valle, en los pinos y en el reflejo del lago, Ut veía, con su fiebre de dolor, cabezas de titanes y manos grandes y rojas con reflejos de luna enferma” (pág. 49), imágenes que se corresponden con los sentimientos de duelo por la muerte de su padre, Ur-Boa, que será el desencadenante de la trama.

Con esto no quiero decir que el libro sea lento, ¡ni mucho menos! El ritmo es similar al de las leyendas orales, donde la acción está muy presente, pero se equilibra con una retórica persuasiva. Los detalles nimios y otras superfluidades se han borrado a favor de una trama esquemática; y el lenguaje puede entonces permitirse salidas del uso recto a favor de una expresividad colorida que seduce al lector. Así, nace el día y el sol da color a las cosas; o con la puesta del sol la tarde está casi muerta; y sobre el fondo rojizo, sin estrellas, la luna asoma amoratada de frío. Es en este marco cuando se comprende que Ut pase más tiempo mirando las estrellas -en busca de ¿qué?-, en lugar de guardar los pies en la tierra, como sus demás congéneres. Que su reflexiva mirada al cielo se interprete como pura vaguería, cobardía, desidia cuando es producto de un cerebro efervescente y superior, que encontrará respuestas a preguntas que los demás ni se plantean.

No voy a hacer una retahíla con los valores que promueve esta lectura porque no creo que sea necesaria para convencer de que hay que incluir el libro en los listados de lecturas trimestrales de Secundaria. En todo caso, la página web de Planetalector para Ut y las estrellas es suficientemente explicativa, y a ella remito. Sí creo que hay que incluirlo, pero por un mérito particular que poco tiene que ver con sus lecciones vitales: es un libro superviviente en una época en que necesitamos heroicidades. Tal vez esa sea la lección vital más verdadera de la obra de Pilar Molina Llorente.